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EL PERRO DE SAN ROQUE




La ilusión que me hizo la llamada del presidente del Bando de San Roque para que aportara unas líneas a las fiestas de este año de 2017, se tornó en cierta inquietud al darme cuenta de que todo está ya escrito sobre el Santo de Montpellier y “sus circunstancias”. Yo misma, durante el tiempo que colaboré en El Oriente de Asturias, le dediqué varios artículos. Recuerdo especialmente uno en el que describía la mañana del 16 de agosto a través de los ojos emocionados de mi madre. Asimismo, escribí sobre la llegada de la actual imagen a Llanes y del San Roque de la capilla de San Patricio de Pancar, incluso de las siemprevivas y hasta del “sanroquino”, esa capa corta tan ligada a la peregrinación.
Dudaba, me tentaba volver sobre algunos de esos temas. También, pensé en narrar la alegría que sentí cuando encontré una pequeña y sencilla ermita de arquitectura popular canaria bajo la advocación de San Roque en Garachico, pues también ese pueblo marinero de Tenerife se encomendó a nuestro Santo cuando la peste bubónica lo asoló en los primeros años del siglo XVII.
Nada me convencía, hasta que de repente me vino a la cabeza el compañero inseparable del santo peregrino, y aunque escribir sobre el perro puede parecer un poco extravagante, el mismo no deja de ser un atributo de su iconografía, el signo tangible de la Providencia Divina.
Además, el fiel animal nos permite reconocer cualquier imagen de San Roque, por eso todos los sanroquinos aprendemos desde muy críos que cuando Roque, después de ofrecer remedio a todos los enfermos que la epidemia iba sembrando a su paso, se retiró al bosque para no contagiar a los vecinos de Piacenza, era visitado cada mañana por un perro, que le llevaba una rosquilla de pan en la boca para alimentarlo y lamía sus llagas para curarlo.
Si los historiadores no se ponen de acuerdo en la biografía del santo, más borrosa es la del perro, aunque todos coinciden en que el animalín no era suyo sino de un hombre acomodado, Gottardo Pallestrelli, del que dicen que fue el hagiógrafo de San Roque en el “Acta Brevoria”.
Tampoco, tenemos unanimidad en el nombre y raza del can, unos opinan que se llamaba “Gozque”, que viene a ser como sin pedrigrí, hasta hay quien argumenta que se trataba de una perrina que atendía por “Rouna”. No obstante, la mayoría se inclina por nominarlo “Melampo” y considerarlo un bretón español, aunque más pequeño y con las patas más cortas.
Melampo, que en la mitología griega era un adivino que tenía los dones
de predecir el futuro y entender el lenguaje de las aves, significa “el de los pies negros”. A pesar de sonar raro, existen más perros famosos que llevaron ese nombre, como el perdiguero favorito de Carlos III, que inmortalizó Goya al pintarlo a los pies del rey en el retrato “El Cazador”. Incluso he encontrado una leyenda que recoge que así se llamaba un perro que acompañaba a uno de los pastores que acudió a Belén a adorar al niño Jesús.
Con independencia de la raza y el nombre, el animalín de la sempiterna sonrisa está tan unido al santo que en algunos países de América Latina lo consideran el patrón de los perros, y le rezan para que los ampare y les evite el abandono y el maltrato. Es más, cuentan que hasta hace 150 años en la ciudad de Barcelona se le tenía tan gran devoción al fiel compañero de San Roque que el 17 de agosto, día siguiente de la onomástica del santo, ofrecían al perro velas, le cantaban canciones y permitían en esa jornada la entrada de sus congéneres en las iglesias. De esa época es el dicho: “Quien maltrata a un perro, se atrae la antipatía de San Roque para siempre”.
Llegado a este punto, en el que debo terminar, tengo que confesarles que llevo tiempo pensando en cómo poner fin a estas líneas, devanándome los sesos en la búsqueda de un remate original, intentando una suerte de repicáu de pañuelo, de salto de pericote, pero solo se me ocurre: ¡Viva San Roque y el Perru!

Maiche Perela Beaumont

 
       
   

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