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La casa se me caía encima desde hacía un par de semanas, las mismas que llevaban sin mandarme ningún encargo desde el periódico. Ya nos habían advertido de que nos iban a ir recortando los pedidos a los freelances, pero no imaginé que fuese tan repentino. Ni una fotito, ni medio reportaje. Nada desde hacía dos semanas.
Y encima invierno.
Un 16 de julio en Buenos Aires sin nada más que hacer que ver la lluvia a través de la ventana puede ser terriblemente lánguido. Sobre todo si tienes una gata que se sienta en tu regazo a ronronear.
Así que me sacudí la pereza, aparté a Mafa -que me echó su típica mirada peluda de odio-, apuré el mate (el segundo de la mañana ya), me duché, me vestí, busqué el paraguas y salí sin rumbo a callejear y ventilarme, a espantar las nubes con el bullicio matutino de la ciudad.
Tomé Bolívar hasta la Plaza de Mayo con toda la calma del mundo y me encaminé al Tortoni, un sitio lleno de turistas de esos que mezclan cerveza y churros porque se lo dicen sus guías. Un cafetín for export que evitas cuando eres de acá. Pero aquella mañana entré, me tomé un zumo y seguí camino.
Me permití perderme un poco más y me descubrí de pronto en Plaza Francia, entre sus enormes árboles de raíces al aire y sus puestos de artesanía. La Basílica del Pilar (más conocida como La Recoleta) relucía blanca aquella mañana de invierno austral. Pensé en entrar al cementerio pero, como seguía lloviendo, el techo de la iglesia ganó la mano.
Estaba vacía, silenciosa y tranquila. Los años de colegio de monjas contribuyeron a mi fascinación por estos edificios, sus decoraciones, su olor, sus luces... Y por las imágenes de los santos que decoran columnas y esquinas.
De pronto, me detuve ante una de ellas. La miré y remiré sin entender por qué me había quedado allí congelada. ¿Sería que me había hecho gracia el perro que acompañaba a aquel santo? Una gaita empezó a sonar a lo lejos (supongo que la imaginé, porque ahí seguía estando yo sola) y caí en la cuenta de que aquella figura era un San Roque.
Y entonces todo fueron fuegos artificiales, verano del norte de mis abuelos y salitre cantábrico. Panderetas, castañuelas y siemprevivas. Aquel “de peste y males líbranos, Roque divino” con el que mi madre nos acunó a mis hermanas y a mí. Fotos cada agosto con los primos, vestidos todos con aquellos trajes que yo siempre quería traerme en la maleta, pero que pesaban tanto que obviamente no hubiesen pasado el control de pesaje del aeropuerto. Tardes de novena con mi güela y después un heladín y pipas en el puente. Traslado, víspera y día grande. Pericote y ese xiringüelu que hubiese dado algo por saber bailar. Danza prima y perifá. Velada y regreso a la Argentina. Todos los agostos de mi infancia y primera adolescencia. Hasta que decidí que ya era grande y que quería visitar otros lugares, hacer planes distintos a los de mi familia. Volar un poco sola.
Salí de la iglesia. Había dejado de llover. Miré el celular: 16 de julio. Quedaba un mes. Busqué el número de mi prima Erminia, que llevaba veinte años insistiendo para que volviese. Nunca se había cansado de invitarme.
Marqué.
-¡Prima! Hacerme sitio en casa y conseguirme una pandereta que este año sí que estoy para San Roque.

María Toraño Caso

 
       
   

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