LOS TEATROS DEL PASADO

Durante muchos años vivimos a la sombra de aquellos teatros del pasado, de los ecos de aquel recuerdo de guitarras, voces y danzas, que de tanto jalearlo se hizo fácil presa de la nostalgia.
En este relato personal y testimonial me gustaría poder mirar hacia mis quince, mis diecisiete años, y a través de la manera tan especial de relacionarnos con aquellos teatros ver como fuimos. Hacer aquel tiempo reversible, que vuelva sobre sí mismo. Pues entre teatro y nosotros mediaron complicidades, irrepetibles e inolvidables.
Voy a evocar algo que fue único y popular (para los tres Bandos por igual). Uno de mis amores de juventud; el rosal más cargado de flor de las fiestas de San Roque. Algo impaciente esperado durante las largas llanuras del invierno, por todos aquellos que contribuimos a darle existencia: El ilusionado y trabajoso deleite de imaginar, planear y poner en escena un espectáculo.
Quisiera abrir el corazón y los brazos para estrechar en ellos unos recuerdos que ya forman un patrimonio de momentos felices, recuerdos que fuimos fabricando verano tras verano. No se trataba únicamente de un pasatiempo. El teatro nos ponía en contacto con secretas o desconocidas aptitudes artísticas o histriónicas. Nos daba la oportunidad de desarrollar nuestros modestos deseos que, en algunos casos era la puesta en escena de nuestros modestos dones, que en ocasiones, en intervenciones de un ‘’Sólo’’, tanto de danza como de canción, se convirtieron en sobresalientes. Era, finalmente, hacer realidad el sueño de ser alguna vez: cómicos, bailarines o cantantes. Es decir, la incomparable experiencia de subir los escalones de un escenario que es como atravesar una frontera.
Quiero recordar, en primer lugar, a Mavi Vela. Ella fue la verdadera artífice, la impulsora de aquellos teatros musicales de mi época, creando una escuela en la dirección, que luego recogería Maria Jesús Quesada, sabiendo poner en esta responsabilidad durante muchos años una rúbrica personal.
El tiempo libertario de las vacaciones, la luz de Agosto, una fiesta sobre otra, el sabor del sol y el mar impregnando nuestra piel y el entusiasmo que suscitaba el Bando, eran ingredientes mágicos que activaban nuestra vitalidad y que potenciaban nuestras capacidades.
Durante las largas horas que duraban los ensayos explorábamos nuevas relaciones sociales, nuevos amigos que habían llegado de diferentes lugares: México, Madrid, Oviedo, Cuba, etc., con quienes hacíamos intercambio de enriquecedoras curiosidades...
Ensayábamos con el acompañamiento musical de un pianista que venía de Madrid, el maestro Castillo, entre el denso y asfixiante olor a polvo que con tanto taconeo desprendían las tablas del escenario y que nosotros bebíamos como se bebe el olor de las confiterías hasta conseguir dar apresto y luminosidad a aquellos montajes que tenían bastante que ver con el arte, aunque en pequeño y asequible...
Paralelamente, el Bando movilizaba a un gran equipo de entusiastas integrantes quienes con sus esfuerzos protagonizaban en estas funciones, desde los talleres de costura, donde en gran ambiente de excitación y prisas se cortaba, se probaba y se cosía hasta el último toque el vestuario –cuyos diseños al igual que las partituras musicales venían de Madrid con la directora- y que con una economía de recursos, mas bien tímida y pobre, realizaban el milagro de que unos harapillos de nada pudieran fingir púrpuras...
Por fin, cuando llegaba la noche del debut, todo está ya previsto y mil veces ensayado. Mucho trajín en los camerinos comunes, intercambio de cintas e imperdibles, de pinturas y maquillajes que transformaban de un golpe nuestros rostros adolescentes en vampiresas con ojos y labios reventando rimel y carmín.
Chirriar de tramoyas. Los rancios y polvorientos cortinajes de terciopelo van a abrirse. Por el agujero que hay en el centro del telón, hacemos turno para ir viendo el ambiente del patio de butacas, lleno a rebosar de parientes, amigos, conocidos y curiosos expectantes de sorpresas. Entre bastidores, órdenes de silencio, mucho latido, emoción, sudor y miedo.
El maestro Castillo inicia los primeros compases de la Danza Peregrina acompañada de aplausos. Es entonces cuando se sube el telón y cuando el teatro llama a rebato...
Coreografías, comicidad y canciones se van sucediendo con algún que otro toque de oro que el público, ya entregado, acepta con el mismo entusiasmo con el que se lo ofrecemos hasta llegar a una apoteosis final en el que el elenco al completo, haciendo un derroche de brío y llama, provoca el estallido de los aplausos, unos aplausos que daban resplandeciente bruñido a nuestras efímeras glorias...

Mª Teresa Álvarez Posada.
El Oriente de Asturias
‘’La Foto y su Historia’’, Nº 14

 
       
   

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